‘La llamada de lo salvaje’, por Francisco Javier Millán

Hace unas semanas llegaba a las pantallas La llamada de lo salvaje”, adaptación del popular clásico de la literatura escrito por Jack London, autor también de Colmillo Blanco. La historia tiene como protagonista a Buck, un perro con un gran corazón cuya apacible vida doméstica se pone patas arriba cuando de repente le arrancan de su hogar en California y lo transportan a las tierras del Yukón durante la fiebre del oro de finales del siglo XIX. Buck es el novato recién llegado en un equipo de trineo de perros que entrega el correo y del que acabará siendo el líder. El perro vivirá la mayor aventura de su vida y encontrará por fin su lugar en el mundo convirtiéndose en su propio maestro.

La película está protagonizada por Harrison Ford, Dan Stevens, Omar Sy, Karen Gillan, Bradley Whitford y Colin Woodell. Chris Sanders (“Cómo entrenar a tu dragón”) dirige la película a partir de un guion de Michael Green (“Asesinato en el Orient Express”). “La llamada de lo salvaje” es un híbrido de acción real y animación y utiliza efectos visuales y tecnología de animación de última generación para que los animales de la película sean personajes totalmente fotorrealistas y transmitan emociones auténticas.

Es precisamente este último punto el que ha provocado mayor polémica entre cierto sector de espectadores. Si bien el film logra una mayor integración entre las imágenes CGI y las reales que lo que podíamos ver en los avances iniciales, siempre hay una extraña sensación de irrealidad dominando el metraje. Y es que en ocasiones el director, que proviene además de ese mundo, parece estar creando una cinta de animación y no una con actores de carne y hueso. Es más, algunos de ellos, como los villanos de opereta que aparecen, resultan ser demasiado caricaturescos y poco cercanos a la realidad que se debió vivir en aquellas regiones.

A pesar de estas decisiones técnicas, el film de manera muy sugerente muestra una historia de aventuras para toda la familia que hunde sus raíces en el cine de los años 80 y 90. Esta sensación de atemporalidad da lugar a una experiencia más positiva de lo que cabría esperar. El director nada a contracorriente en un tiempo en el que cine fantástico en general plantea propuestas de dudosa moralidad y mensaje. Se opta por soterrar aquellos pasajes más violentos de la novela original, incentivando valores como la lealtad, la amistad y el espíritu de exploración. La fotografía de Janusz Kaminski, habitual director de fotografía de Steven Spielberg, contribuye a recrear unas imágenes de postal que invitan a quedarse tumbados entre aquellos bosques.

El resultado final, sin esperarlo, termina por convencer y hasta emocionar. Y más para aquellos espectadores que hemos disfrutado en nuestra juventud de la lectura de Jack London y de las aventuras protagonizadas por nuestro querido Harrison Ford.

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